Thinking

Essay

El último tramo se escribe a mano

Se puede automatizar el tramo largo. El último —qué merece existir, hacia dónde va esto— sigue siendo un acto de imaginación. Y no se delega.

Polo Díaz

Tech Entrepreneur & Innovator

18 de junio de 202616 min de lectura

Hay un punto, en cualquier sistema que funciona, donde la máquina tiene que callar. No por romanticismo. Porque el sistema no sabe qué merece existir. Sabe continuar. Continuar no es lo mismo.

Lo aprendí al revés de como se cuenta ahora. Primero supe construir el tramo largo: el sitio, la señal, la campaña, el flujo, el tablero. Después supe que el valor no estaba ahí. Estaba en el último tramo. En la decisión que no se puede justificar del todo y aun así hay que tomar. Publicar o no. Cortar o no. Irse de un modelo de negocio que todavía da plata.

La inteligencia artificial es extraordinaria para el tramo largo. Variaciones. Preparación. Memoria. El primer noventa por ciento de casi cualquier oficio de marketing se puede aumentar hasta volverse irreconocible. El último diez no. Ahí vive la imaginación que no es ocurrencia: la que sostiene un criterio cuando generar lo contrario sería más fácil.

Me piden escenarios de 2030. Puedo darlos. Wiwo tiene uno. El error es tratarlos como pronóstico. Un escenario no es lo que va a pasar. Es una forma de escribir hacia adelante para no llegar por inercia. Si lo delegas a un modelo, obtienes el promedio de todos los futuros que ya se escribieron. Eso no es visión. Es eco.

El último tramo se parece a editar. Quitar. Dejar una frase que duele. Decirle a un cliente que su brief pide magia y que la magia, en este caso, sería mentir. Decirle a un equipo que esa pieza generada está bien y no sirve. Firmar con el nombre cuando la máquina podría haber firmado con el tono.

En MGC, cuando hablamos de Influencers Generados, la gente se queda en el tramo largo. Cómo se ve, cómo habla, qué modelo. Me importa. No es el tramo que me quita el sueño. El que me lo quita: qué no van a decir. De quién no se van a disfrazar. Qué campaña no vamos a aceptar aunque se pueda producir en una noche. Ahí hay imaginación moral. Sin eso, hay una fábrica de caras.

Lo mismo en un spot. Se puede sintetizar un paisaje de Chile. Se hizo. El último tramo fue otro: ¿esto merece horario de televisión, o es un experimento que debería quedarse en el lab? Esa pregunta no la responde un generador. La responde alguien que va a convivir con la respuesta.

Hay una idea perezosa de que imaginar es el primer paso y ejecutar es el resto. En esta década se invirtió. Ejecutar se volvió barato. Imaginar —de verdad, con consecuencias— se volvió el cuello. Por eso el oficio se siente al revés. Los que extrañan la artesanía del tramo largo van a sufrir. Los que sepan habitar el último tramo van a dirigir.

No estoy despreciando el hacer. Yo vengo del hacer. A los 19 el hacer era todo lo que teníamos. Pero el hacer sin último tramo es lo que produce el inventario que nadie pidió. Agencias llenas de versiones. Marcas llenas de contenido. Empresas llenas de dashboards. Nadie dispuesto a escribir la frase que cierra.

Un niño entiende esto mejor que un directorio. Imagina un mundo y lo dibuja mal, y aun así el dibujo tiene un rumbo. No pide cien variaciones. Pide que el mundo se parezca a lo que vio. Nosotros, adultos aumentados, pedimos cien variaciones para no tener que ver.

Por eso Humanity Augmented no es un abrazo. Es una exigencia. Te devuelvo horas. Te devuelvo memoria. Te devuelvo un tablero que no pelea. A cambio, no te bajes en el último tramo. No me pidas que el sistema imagine por ti el destino. El destino es tuyo. El casco es mío.

Cuando dejo un ensayo, un producto, un organigrama, pienso en quién lo va a heredar. Si solo hereda herramientas, le dejé un recinto sin rumbo. Si hereda un criterio —qué no hacemos, qué no afirmamos, qué no automatizamos— le dejé un oficio. Eso también se escribe a mano. Lento. Se corrige. No escala como un modelo. Escala como una cultura, que es otra forma de vehículo.

Santiago, un martes, un tablero abierto, un número que no cierra. Ahí se ve si hay imaginación o hay inercia. No en el manifiesto. No en el festival. En esa habitación. La tecnología puede haber preparado todo. Alguien tiene que decir qué sigue.

Ese alguien no es un pasajero. No es un prompt. No es el promedio de lo que ya se dijo. Es una persona que todavía puede incomodarse. Quiero que esa persona tenga mejores instrumentos que los que yo tuve a los doce. Y quiero que no se le ocurra entregarlos, al final del corredor, para no tener que decidir.

El último tramo se escribe a mano. El resto, que lo haga el sistema. Esa es toda la división del trabajo que me interesa defender.